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Secreto Nº01 El Sureño

  • 30 may 2025
  • 3 min de lectura

Actualizado: 19 jun 2025

Pedro Brunner


«Puede que sea yo o puede que sea la ciudad, pero nunca he encontrado a alguien que me haga hacer ese famoso «clic» del que todos hablan».

Plaza de España de Sevilla.
Plaza de España de Sevilla.

Puede que sea yo o puede que sea la ciudad, pero nunca he encontrado a alguien que me haga hacer ese famoso «clic» del que todos hablan. Es muy anticlimático toparse con la realidad cuando uno está acostumbrado a musicales cursis y películas surrealistas, tales como las de Almodóvar. La pasión es algo que llega fácil, que sazona, que da sabor. Es la salsa brava en un plato de patatas. Pero, tan rápido como viene, se va, y te quedas con el plato de patatas sosas, sin sabor.

Lo conocí en la más famosa aplicación de citas, en donde lanzan hombres a la carta. Me encanta ese rollo, encuentro que es la materialización de la letra de la mítica canción de The Weather Girls, It’s raining men. Un par de chats más, una llamada y listo. Ahí se presentaba delante de mí El Sureño. En carne y hueso. Se mostraba como un chico normal, educado y, lo más importante, teníamos la misma edad. Con eso me bastaba. Aunque fuera para empezar.

Yo, por supuesto, me vestí de punta en blanco para ir a su encuentro y terminamos en un Domino’s… no es un lugar muy ortodoxo para una primera cita, aunque, todo eso dio igual. Entre pizza y pizza nos olvidamos hasta de la hora.

Decidimos cerrar la noche con un paseo por Nuevos Ministerios, serpenteando entre las columnas del interminable soportal abovedado que oculta los jardines. Hasta que, como por arte de magia, decide lanzarse. Mas bien, me lanza contra una columna y, casi sin dejarme tiempo para respirar, me planta un beso, lo correspondo y ahí pasamos alrededor de una hora, dos jóvenes apasionados, embriagados del aire nocturno de Madrid y con actitudes propias de un punto de cruising.

Nuevos Ministerio, Madrid.
Nuevos Ministerio, Madrid.

Al acabar, decidí volverme a casa, pese a su tentadora oferta de pasar la noche en su piso. Quizás el aire nocturno embriaga más de lo que uno piensa…, sin embargo, he aprendido que conviene dejarles con ganas. Así que, a duras penas, me tragué las mías y volví a casa.

Pasamos los siguientes meses como adolescentes apasionados. Pareciera que yo viviera en su casa. A sus compañeros de piso quizás no les entusiasmaba demasiado las constantes visitas, pero eso no era mi principal preocupación.

Como bien decía una profesora mía de bachillerato, no todo es vino y rosas... en algún momento, me empecé a cuestionar si todo aquello era pasión, o un simple sueño. Quizás una chiquillada. Puede que sus constantes llamadas, mensajes, réplicas por lo mucho que yo tardaba en contestar sus chats y su sofocante muestra de afecto e inseguridades me hayan cortado la respiración. Entonces, comprendí que necesitaba una bocanada de aire fresco. Aunque… yo no tengo mucha mano para esas movidas sentimentales. Entonces, decidí distanciarme, hablar menos, no estar presente tan a menudo, y parte de ese modus operandi se lo atribuyo a mis amigos, quienes me aconsejaron bien.

De pronto, aquella burbuja explotó. El día que lo dejé fue un tanto ajetreado, incluso, caótico. Mi mente estaba ocupada en encontrar a mi amiga en la parada de Argüelles y en intentar procesar lo que él me estaba contando desde el otro lado de la línea. No podía verle en persona, pues, estábamos a quilómetros de distancia, él estaba en su tierra natal, aquella que dicen tener un color especial. Lo dejé tras un ligero desacuerdo por llamada. Me di cuenta de que no buscábamos lo mismo, eso es todo lo que quiero que sepáis…



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