Secreto N.º 04: Un cambio de aires. Capítulo 1: El inicio de la aventura.
«¡Ya estaba, ese era el momento de decir adiós!»
Pedro Brunner

Ahí nos encontrábamos, reunidos en la mesa. Seguimos la misma rutina, una cena familiar ordinaria, pero que, de alguna manera, se sentía diferente. Sabía que en poco más de diez horas estaría montado en un avión hacia Lieja. Una ciudad de la que no había oído hablar hasta el final de mi tercer año de carrera. Terminamos la cena y me fui apresurado a la cama. Tenía que descansar, pues, a la mañana siguiente nos teníamos que levantar apenas se avecinara el alba para ir al aeropuerto.
La mañana fue ligeramente caótica. Terminé de hacer las maletas con apuro. Me acicalé y me vestí en mis mejores galas para afrontar el largo día que me esperaba. Y así, sin más parafernalias, emprendimos el rumbo hacia el aeropuerto. Me mostré tranquilo, desprendido de cualquier preocupación. Sin embargo, la ansiedad siempre encuentra la forma de escalar hasta mi cabeza. Según se acercaba el momento decisivo, más nervioso me sentía. Me entraban los sudores fríos. Pero no iba a dejar que los pensamientos intrusivos ganasen, esta vez no. Así que fabriqué una sonrisa y seguí adelante.
Atravesamos la puerta de entrada, la facturación y, por fin, llegamos a la aduana
¡Ya estaba, ese era el momento de decir adiós! De las miradas cargadas de preocupación de mis padres, de los consejos maternales de mi abuela, de la ansiedad escondida tras mis labios arqueados. Crucé la aduana sin mayor problema y me dirigí hacia la puerta de embarque. Tras una espera interminable ya pude acceder al avión. Mi culo descansaba sobre el asiento, tratando de aliviar la tensión que le generó la caminata por aquella quilométrica terminal (ya quisiera el camino de Santiago).
Madrid me despidió con un cielo azulino coronado por un sol deslumbrante que parecía un crisol, y yo le regalé los secretos más íntimos que puede ofrecer un gay desubicado. El viaje fue breve. Me dediqué a revisar los papeles de mi beca Erasmus con ansias, por si acaso se me hubiera quedado algo en el tintero: ¡Spoiler! se me quedaron unas cuantas cosas...
Un buen rato después me daba la bienvenida el gran lienzo verdoso que es Bélgica. Las parcelas de cultivos se unían para formar lo que parecía una manta de «patchwork». Sin embargo, el cielo que la coronaba era más bien gris, melancólico. Un cielo que anunciaba tormentas. El aterrizaje fue rápido y ligero. Me regalé unos minutos en el asiento para asimilar el cambio de vida que se avecinaba, entonces, partí hacia la terminal.
La incertidumbre sobre mi futuro me martilleaba la cabeza. Pero tenía que seguir. Me ayudé de las señales para llegar hasta la cinta. Intenté mostrarme confiado, como que sabía de qué iba la cosa: aunque esa fuera la primera vez que hacía un viaje tan lejos de casa y solo. La maleta se tomó su tiempo, me hubiera tomado un té esperando a que llegara... Una vez recogí mis pertenencias, partí hacia la dársena del bus, el cual no salía en una hora.
Entonces, supe que podía relajarme. Me retiré a una esquina protegida del vendaval y de la lluvia. Prendí un cigarro y dejé que el humo grisáceo se fundiera con los nubarrones del cielo triste de Bruselas. Quién sabe qué secretos me espera una vez llegue a Lieja...
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